Acompañó a Trajano en la guerra de Dacia (105-106). Al morir Trajano, Adriano accedió al Trono imperial en
extrañas circunstancias, contando con el apoyo de la emperatriz y
del «clan hispano» del Senado, que había acrecentado su influencia
durante el reinado anterior.
Para asegurarse el
apoyo del ejército elevó la paga de los soldados; Plotina multiplicó las
cartas a los senadores indicando que había sido la última voluntad de
su esposo ser sucedido por Adriano; y su prefecto del pretorio, Atiano,
hizo ejecutar sin juicio a varios adversarios. Las protestas del Senado
por estos hechos le obligaron a destituir a Atiano, quien sin embargo
fue recompensado con el rango senatorial.
El reinado de Adriano estuvo marcado por los
enfrentamientos con el Senado y por los viajes del emperador; además de
múltiples visitas a las provincias y fundaciones de ciudades, encabezó
algunas campañas militares: primero contra las tribus del norte de
Britania, en donde hizo levantar la muralla que lleva su nombre; y más
tarde contra la rebelión de los judíos. Pero globalmente fue un periodo de paz, durante el cual,
derrotado el «partido belicista», se abandonaron las conquistas
realizadas por Trajano en Oriente y se desarmaron las regiones ya
civilizadas.
Adriano consolidó el Consejo del
emperador e introdujo reformas en la burocracia, en el ejército y en la Hacienda. Promovió grandes
construcciones, como el anfiteatro de Nimes, el anfiteatro de Venus, el
Castillo de Sant’Angelo y los puentes del Tíber en Roma. Abandonado por
sus principales colaboradores hacia el final de su reinado, no consiguió
restaurar la sucesión hereditaria.
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